LA
MÚSICA según Arthur Schopenhauer (1788-1860).
Efectivamente, parece ser mucho más
interesante para un Blog los e-mail que los comentarios; como consecuencia de
haber insertado el mío en la portada de este Blog y a raíz del Post, denominado
“EL ARTE DE SER FELIZ: Explicado en 50 reglas para la Vida" que fue el
fenomenal libro que encontré en Pontevedra al buscar este otro libro, también
del filosofo alemán Arthur Schopenhauer, “Die Welt als Wille und Vorstellung
(El mundo como voluntad y representación)”, se puso en contacto conmigo una muy
agradable persona que me presto éste último “por el tiempo que me hiciera
falta”. La traducción es muy antigua..
Ya en mi casa, me puse cómodo y con
la 10ª Sinfonía de Gustav Mahler de fondo comencé a ojearlo. Empecé por el
índice en el que se comprueba que este único tomo está dividido en cuatro secciones,
denominadas Libros, en las que se analizan exhaustivamente todos los aspectos
habidos y por haber relativos al Ser humano. En el tercer Libro, cuyo objeto son las Ideas,
resumiendo, comienza describiendo la armonía profunda de la teorías de Platón y
de Kant, sigue profundizando en las Ideas, su contemplación, el arte, el placer
estético, lo sublime, lo lindo, de la belleza, la belleza en al arquitectura,
la belleza en la jardinería, la belleza humana, la belleza en la escultura,
pintura, de la alegoría, de la poesía y la música.
El cuarto libro comienza describiendo
el objeto de éste: también resumiendo muchísimo, filosofía de la vida práctica,
la voluntad de vivir, el carácter, el sufrimiento, el dolor inevitable,
afirmación de la voluntad, sobre el egoísmo, sobre la injusticia, la justicia
universal, bondad y maldad, remordimiento, la intuición, la piedad, la negación
de la voluntad de vivir, del suicidio, el cristianismo, etc.
Todo el tomo es interesantísimo. Todos
los temas están tan pormenorizadamente analizados en el extenso libro que
prácticamente cada párrafo es un auténtico ensayo filosófico por si mismo.
Lo podrán comprobar, si quieren,
leyendo el capítulo LII del Libro tercero, sobre La Música, que les traigo a
continuación, transcrito textualmente por completo; al que, después de leer
algún párrafo aislado y comprender la densidad e importancia de este libro,
dirigí mi atención, al igual que al capítulo que analiza el cristianismo, en el
que insistiré otro día, sobre todo por su influencia sobre el filósofo en cuya
obra, aunque muy pocas veces citado, a mi entender, Dios está presente de
manera notoria en toda ella. La lectura de este libro tiene que ser muy
reflexiva en cada frase en cada párrafo: ya digo, es un ensayo y no una novela.
Traigo hoy este LII capítulo por
tener la intención de en el siguiente post incluir una obra de Gustav Mahler
por cumplirse este año el primer centenario de su muerte.
Para no aburrirles más les dirijo al
referido capítulo LII, denominado:
"LA
MÚSICA. SE ENCUENTRA FUERA DE LA JERARQUÍA DE LAS OTRAS ARTES. ANALOGÍAS ENTRE
LA MÚSICA Y EL MUNDO. LA MÚSICA ES MÁS QUE UNA ARITMÉTICA: ES UNA
METAFÍSICA"., acompañado por un vídeo Youtuve con una impecable interpretación
por la considerada mejor mezzosoprano alemana del momento, Waltraud Meier, de
la impresionante y bellísima aria final "Isolde´s Liebestod (Muerte por
Amor de Isolda)" de la obra TRISTÁN E ISOLDA (compuesta en 1857-1859 y
estrenada en Munich el 10/VI/1865); drama musical, como denominó Wagner -no
ópera-; es el mejor ejemplo de la clara influencia sobre Wagner de Schopenhauer
que, como verán, daba muchísima preponderancia a la música sobre los textos;
podrán comprobar por qué Wagner lo denominó "Drama Musical", como el
canto y la expresividad de la mezzosoprano están totalmente sometidos a la
melodía. Wagner(1813-1883) llegó a decir que conocer a Schopenhauer fue el
evento más importante de su vida.
Mezzosoprano: Waltraud Meier; Aria: ISOLDE´S LIEBESTOD.
NOTA:
aunque coloreé parte del texto para hacer más amena de alguna manera esta
apasionante lectura, ya amena de por sí, es imprescindible leer todo el texto,
comprenderlo, y así disfrutar plenamente de esta JOYA de la literatura filosófica universal.
INICIO
DEL ENSAYO DE A. SCHOPENHAUER: Después
de haber considerado hasta aquí todas las bellas artes en aquella su
generalidad que requiere nuestro punto de vista, empezando por la arquitectura
artística, cuyo fin en cuanto tal es hacer visible la objetivación de la
voluntad en los grados inferiores de su fenomenalidad, en los que se muestra
como impulso ciego, inconsciente y regular de las masas, mostrando ya
desdoblamiento y lucha, es decir, pesadez y dureza; y después de haber cerrado
nuestras consideraciones con la tragedia que pone ante nuestro ojos ese mismo
desdoblamiento con proporciones grandiosas y terribles en los grados superiores
de objetivación de la voluntad, encontramos que aún queda y debe quedar
excluida de nuestra consideración una de las bellas artes, porque en la
sistematización que estamos haciendo no hay lugar para ella; nos referimos a la
música.
La música constituye por sí sola capítulo
aparte. En ella no encontramos la imitación o reproducción de una Idea de la
esencia del mundo; pero es un arte tan grande y admirable, obra tan
poderosamente sobre el espíritu del hombre, repercute en él de manera tan
potente y magnífica, que puede ser comparada a una lengua universal, cuya
claridad y elocuencia superan con mucho a todos los idiomas de la tierra. En
ella hay que ver más que un exercitium arithmeticae occultum nescientis se
numerare animi como Leibniz la calificó con gran razón, pese a que él no
consideraba más que su significación exterior e inmediata, su corteza. Si el
contenido que la música nos produce no fuera otra cosa, se podría comparar a la
satisfacción que experimentamos cuando resolvemos unos problemas matemáticos, y
no sería aquel íntimo gozo con que se expresa en nosotros una voz interior.
Desde nuestro punto de vista, que está caracterizado por el efecto estético,
tenemos que reconocerle una importancia mucho más seria y profunda y que se
refiere a la esencia interior del mundo y de nuestro yo, y en este respecto,
las relaciones numéricas en las cuales se resuelve no deben considerarse como
lo significado, sino como el signo. Pues con relación al mundo deben
conducirse, en cierto modo, como la representación a lo representado, como la
copia al modelo, y esto lo deducimos por analogía con las otras partes, a todas
las cuales es propia este carácter. Su efecto sobre nosotros es semejante al de
éstas, aunque es más poderoso, más rápido,
más necesario e infalible. Al mismo tiempo, aquel aspecto de imitación
de la naturaleza debe ser muy íntimo e infinitamente verdadero y adecuado,
puesto que es comprendida instantáneamente por todo el mundo, mostrando una
serie de infalibilidad por el hecho de que sus formas son susceptibles de
reducción a reglas perfectamente exactas y que se expresan en números, reglas
de las cuales no se puede apartar sin dejar de ser música ipso facto.
Sin embargo, la semejanza entre la música
y el mundo, el aspecto bajo el cual la música puede ser una imitación o
reproducción del mundo, es algo profundamente oculto. En todos los tiempos se
ha cultivado la música sin adquirir
conciencia clara de esta relación; contentándose con comprenderla
inmediatamente y renunciando a concebir en abstracto la raíz de esta
comprensión inmediata.
Cuando yo abandonaba mi alma a la
impresión del arte y volvía luego a la reflexión, recordando el curso de las
ideas desarrolladas en esta obra, encontraba pronto un rayo de luz sobre su
esencia secreta y sobre la índole de sus relaciones imitativas con el mundo,
supuestas por analogía, rayo de luz suficiente para mí y para mi investigación
y aún para aquellos que me hayan seguido con atención y compartan conmigo cierta concepción del mundo. Pero comunicar
yo mismo esta explicación es cosa que considero absolutamente imposible. En
efecto, esta explicación supone una explicación de la música como
representación y considera a la música como imitación de un modelo que no puede
ser representado inmediatamente. Por eso no puedo hacer otra cosa en este
tercer libro, consagrado especialmente al estudio de las bellas artes, que
exponer mi opinión sobre el arte maravilloso de los sonidos, y la aceptación o
reprobación de ella dependerá del efecto que produzca sobre cada lector, por
una parte la música y por otra todos y cada uno de los pensamientos expuestos
aquí por mí. Además, para que mi explicación sobre el sentido de la música
pueda ser aceptada con perfecto conocimiento de causa creo necesario que se
oiga la música con ininterrumpida reflexión y que el oyente esté perfectamente
familiarizado con mis teorías.
Las Ideas (platónicas) constituyen la
adecuada objetivación de la voluntad. Estimular el conocimiento de estas Ideas
por la representación de las cosas singulares (pues no otra cosa es la obra de
arte) es el fin de todas las artes. Esta estimulación sólo es posible por una
variación en el sujeto que conoce. Por consiguiente, todas las artes sólo
objetivan la voluntad de una manera mediata, a saber: por medio de las ideas; y
como quiera que nuestro mundo no es más que la manifestación de las Ideas en la
multiplicidad por medio del ingreso en el principium individuationis (única
forma posible del conocimiento del
individuo como tal), la música que transciende de las Ideas y es por completo
independiente del mundo fenomenal y aun le ignora en absoluto, podría subsistir,
en cierto modo, aun cuando el mundo no existiese; lo que no se puede afirmar de
las demás artes. Por lo tanto, la música es una objetivación tan inmediata y
una imagen tan acabada de la voluntad como el mundo mismo, y hasta podemos
decir como lo son las Ideas cuya varia manifestación constituye la
universalidad de las cosas singulares. Por consiguiente, la música no es , en
modo alguno, la copia de las Ideas, sino de la voluntad misma, cuya objetividad
está constituida por las Ideas; por esto mismo, el efecto de la música es mucho
más poderoso y penetrante que el de las otras artes, pués éstas sólo nos
producen sombras, mientras que ella esencias. Pero como lo que se objetiva en
las Ideas y en la música es una misma voluntad, si bien en un modo distinto en
cada una de ellas, entre la música y las ideas debe existir, si no una
semejanza directa, un paralelismo, alguna analogía cuya manifestación en la
multiplicidad e imperfección es el mundo visible. La demostración de esta
analogía servirá de explicación de este asunto tan oscuro.
Yo veo en los tonos más bajos de la
armonía, en el bajo fundamental, los grados inferiores de objetivación de la
voluntad; a saber: la naturaleza inorgánica, la masa de los planetas. Las notas superiores, más ágiles y rápidas, se
producen, como es sabido, por las vibraciones concomitantes del tono
fundamental y resuenan débilmente siempre que este se produce, por lo que la
armonía prescribe que no hagan coincidir con una nota más grave más que sus
sonidos armónicos, es decir, aquellos que suenan por si mismos al propio tiempo
que la nota grave en virtud de vibraciones concomitantes.
Este fenómeno presenta analogía con lo que
sucede en la naturaleza, donde todos los cuerpos y todos los organismos deben
considerarse como nacidos por un desarrollo gradual de la masa planetaria, que
es a la vez su cimiento y su origen y esta misma relación la encontramos en el
bajo fundamental y las notas agudas. Existe un límite de gravedad por bajo del
cual no hay sonido alguno perceptible, lo cual guarda correspondencia con el
hecho de que la materia no puede ser percibida sin la forma y la cualidad; es
decir, sin la exteriorización de una fuerza incognoscible, en la cual se
expresa una idea; o, en general, que no hay materia sin voluntad. Por
consiguiente, asó como en el sonido es imprescindible una cierta altura, así lo
es en la materia un cierto grado de manifestación de la voluntad.
El bajo fundamental es pues, en la armonía
lo que en el mundo la naturaleza inorgánica, la materia más grosera, en la cual
todo descansa y de la cual nace y se desarrolla todo.
Además de esto, en el conjunto de voces
que componen la armonía, desde el bajo a la nota más aguda que guía el canto y
dibuja la melodía, veo yo la serie gradual de Ideas en que se objetiva la
voluntad. Las voces que están más cerca del bajo son los grados inferiores, los
cuerpos aún inorgánicos, pero que ya se manifiestan de muchas maneras; las más
altas me recuerdan a las plantas y el mundo animal. Los intervalos regulares de
la escala son paralelos a los grados de la objetivación de la voluntad, a las
especies fijas de la naturaleza. Las diferencias de la proporción aritmética de
los intervalos, producidas bien por la medida o por el modo, se parecen a las
desviaciones a las desviaciones del tipo de la especie del individuo, y las
disonancias absolutas que no producen intervalo regular alguno, pueden ser
comparadas a los monstruos que tienen miembros de dos especies de animales o de
hombre y animal. Pero el bajo y las voces intermedias que constituyen la
armonía carecen de aquella continuidad de la voz superior que canta la melodía,
la cual también se mueve libre y ágilmente, ejecutando modulaciones y escalas,
mientras que las otras se mueven más lentamente y no tienen una marcha continua
propia. El bajo, representante de la materia bruta, es el que se mueve con más
dificultad; su ascenso y descenso se efectúan con grandes intervalos, por
tercias, cuartas y quintas, nunca en un solo tono, a no ser que haya
transposición por doble contrapunto. Esta lentitud de la marcha le es apropiada
incluso desde el punto de vista físico, pues no podemos imaginar una escala
rápida ni un trino sobre notas graves. Sobre el bajo, las notas de relleno que
se desarrollan paralelamente al mundo animal presentan ya un movimiento más
largo pero sin continuidad melódica ni significación en su marcha. Esta marcha
sin cohesión y la determinación rigurosa de las voces intermedias, recuerda lo
que pasa en el mundo de los seres que carecen de razón. Desde el cristal al
animal más perfecto no hay ningún ser que tenga una conciencia verdaderamente
cohesiva y que pueda dar a su vida un
sentido de conjunto; ninguno de ellos recorre una serie de desarrollos
intelectuales ni puede perfeccionarse
por medio de la instrucción; todos subsisten siempre los mismos, tales
como las leyes invariables de su especie la constituyeron. Por último, en la
melodía, en la voz cantante, la que dirige el conjunto, la que marcha
libremente entregada a la inspiración de la fantasía, conservando al fin el
hilo de un pensamiento único y significativo, yo veo el grado de objetivación
de la voluntad, la vida reflexiva y los anhelos del hombre. Como él solo,
porque sólo él está dotado de razón, mira sin cesar hacia delante y hacia atrás
en el camino de su realidad y de las innúmeras posibilidades, recorriendo una
existencia acompañada de reflexión, lo que le da unidad, así en la música la
melodía es lo único que representa desde el principio hasta el final una línea
continuada con sentido e intención. Nos cuenta, por consiguiente, la historia.
de la voluntad iluminada por la reflexión, cuyas manifestaciones constituyen la
conducta humana; pero dice aún más, nos refiere su historia secreta, nos pinta
cada agitación, cada anhelo, cada movimiento de voluntad, todo aquello que la
razón concibe bajo el concepto amplio y negativo de sentimiento, sin poder ir
más allá de esta abstracción. Por lo mismo siempre se ha dicho que la música es
el lenguaje del sentimiento y las pasiones, como las palabras de la razón.
Y como es de esencia en el hombre sentir
deseos y satisfacerlos y volverlos de nuevo a sentir para continuar así
indefinidamente, así como la dicha y el bienestar del hombre no consisten más
que en este paso del deseo a su
cumplimiento y viceversa, cuando se verifica rápidamente, puesto que el retraso
implica dolor y la falta de deseos hastío y languidez, del mismo modo es de
esencia en la melodía el vagar en mil direcciones, apartándose sin cesar del
tono fundamental para marchar no sólo
hacia los grados armónicos, la tercia no la dominante, sino hacia cualquier
grado y los intervalos aumentados para volver siempre al tono fundamental. Por
medio de estas evoluciones, la música nos pinta las innumerables formas de los
deseos humanos y expresa también su cumplimiento, volviendo a un grado armónico
y mejor al tono fundamental o tónica. La obra del genio consiste en la
invención de la melodía, en el descubrimiento de los más profundos secretos de
la voluntad humana y su acción, más aquí que en
parte alguna, es independiente de la reflexión, de toda intención
deliberada, pudiendo decirse de ella que es una inspiración. El concepto, aquí
como en todas las regiones del arte, es estéril; el compositor nos revela la
esencia interior del mundo y expresa la más honda sabiduría en un lenguaje que
su razón no comprende, así como una mujer en estado hipnótico nos da soluciones
sobre cosas de las que no tiene ni el menor concepto en estado de vigilia. De
aquí que en el compositor, más que en ningún otro artista, el hombre está completamente separado del artista y sea
distinto de él.
Como vemos, hasta para la explicación de
este arte portentoso el concepto es pobre y limitado; sin embargo, quiero
continuar la analogía comenzada.
Así como la dicha en el hombre consiste en
la rápida transición del deseo a su colmo y de éste a un nuevo deseo, una
melodía de movimientos rápidos y sin grandes digresiones expresa el gozo. En
cambio, una melodía lenta que pasa por disonancias dolorosas y no vuelve al
tono fundamental sino después de muchos compases, expresará la tristeza, las
dificultades que se oponen al logro de nuestros deseos. El retraso en los
movimientos de la voluntad que trae aparejado el tedio, no puede tener en la
melodía otra expresión que la continuación prolongada del bajo fundamental, y
en grado más tenue, pero análogo también, un canto monótono e insignificante.
Los motivos cortos y fáciles, como los motivos de baile, parecen hablarnos de
una alegría vulgar y fácil; el allegro maestroso con sus largos motivos, sus
periodos extensos y sus digresiones amplias, nos habla de grandes y elevadas
aspiraciones hacia un final lejano, así como su satisfacción final. El adagio
nos habla del dolor de un carácter generoso y noble que desprecia toda
felicidad mezquina. Pero ¡cuán maravilloso es el efecto de los modos mayor y
menor! ¡cuán asombroso el ver que un cambio de un semitono, la sustitución de
la tercera mayor por la menor nos produce instantánea e indefectiblemente un
sentimiento de angustia, del que nos libera
el tono mayor también súbitamente! El adagio consigue expresar un dolor
intensísimo con el modo menor y se convierte en un lamento conmovedor. La danza
en tono menor parece recordar la pérdida de una dicha frívola y desdeñable, o
bien parece decir que después de mil trabajos y contrariedades se ha conseguido
un fin mezquino. El infinito número de melodías posibles guarda correspondencia
con la inagotable variedad de seres, fisonomías y existencias que produce la
naturaleza. La modulación, o sea el tránsito de un tono a otro, al romper toda
relación con el tono anterior recuerda la muerte, destructora del individuo;
pero la voluntad que en éste aparece sigue viviendo y se muestra en otros
individuos cuya conciencia, sin embargo, no es la continuación de la del
primero.
Pero no se debe olvidar en estas analogías
que la música no tiene nunca en ellas más que una relación simplemente mediata,
pues nuca expresa el fenómeno, sino la esencia interior, el en sí de todo
fenómeno, es decir, la voluntad. Por tanto, no expresa éste o aquel determinado
goce, ni tal o cual amargura o dolor, o terror o júbilo o alegría o calma, sino
estos sentimientos mismos, por decirlo así, en abstracto, su esencia, sin
ningún atributo circunstancial, sin sus motivos siquiera. Sin embargo los
comprendemos perfectamente en esta quintaesencia tan sutil. De aquí resulta que nuestra fantasía es excitada por
ella y trata de dar forma a ese mundo espiritual tan vivamente excitado y que
invisible nos habla directamente y de revestirle de carne y colores, es decir,
de concretarle en un ejemplo análogo. Este es el origen del canto con palabras,
y finalmente, de la ópera, que precisamente por esto nunca podrán dejar de
ocupar un lugar subordinado para convertirse en cosa principal y hacer de la
música un mero medio de expresión suyo, lo cual constituye un gran error, una
grosera inversión. Pues la música expresa siempre la quinta esencia de la vida
y de sus acontecimientos, nunca estos mismos, por lo que sus diferencias no siempre
la afectan. Precisamente esta generalidad, que es peculiar exclusivamente de
ella, a pesar de su rigurosa precisión, es lo que constituye el Panakeion de
todos nuestros dolores. Por consiguiente, cuando la música trata de amoldarse a
las palabras y de ceñirse a los hechos, se esfuerza por hablar un lenguaje que
no es el suyo. Nadie se ha guardado mejor de este peligro que Rossini: de aquí
que su música hable tan clara y netamente su propio lenguaje que apenas
necesita de las palabras y que ejecutada con sólo los instrumentos produzca
todo su efecto.
Con todo lo que dejamos dicho podemos
considerar la naturaleza y la música como dos expresiones distintas de una
misma cosa que es el lazo de unión entre ambas y cuyo conocimiento es
imprescindible para conocer dicha analogía. La música es, pues, en cuanto
expresión del mundo, un lenguaje dotado de grado sumo de universalidad, que
respecto ala generalidad del concepto se conduce como éste a las cosas
particulares. Pero su generalidad no es en modo alguno la generalidad vacía de
la abstracción, sino que tiene otra
naturaleza completamente distinta y va unida a una determinación absolutamente
clara. Por esto se parece a las figuras geométricas y a los números , que como formas generales de todos los objetos
posibles de la experiencia y aplicables a priori a todas las cosas no son, sin
embargo abstractos, sino intuitivos y completamente determinados. Todas las
excitaciones, todos los esfuerzos posibles de la voluntad, todos aquellos
procesos del espíritu del hombre que la razón arroja en el molde ancho y negativo
del concepto, son expresados por el infinito número de melodías posibles, pero
siempre en la generalidad de la forma pura sin materia, siempre según el en sí,
no según el fenómeno, alma interior, por decirlo así, de los mismos, sin
cuerpo. Esta expresión se expresaba muy bien en el lenguaje de la escolástica
cuando esta decía: los conceptos son universalia post
rem, pero la música nos da los universalia ante rem . Una melodía
adaptada a cierta letra puede convenir en su intención general a otros ejemplos
escogidos tan libremente como aquel y
que corresponden en el mismo grado a lo que expresa de un modo genérico; esto
permite hacer muchas estrofas para una misma melodía y de aquí también el vaudeville. Pero la causa de que sea posible
hallar una relación entre una obra de este género y una representación
sensible, está en que, como hemos dicho, ambas son expresiones distintas de la
esencia interior del mundo. Ahora bien, cuando se da esta relación, es decir,
cuando el compositor a sabido expresar en el lenguaje de la música las
agitaciones de la voluntad que constituyen nel núcleo de un acontecimiento,
entonces la melodía de la canción o la música de la ópera está llenas de
expresión. Pero la analogía hallada por el compositor entre aquellas dos cosas
debe de proceder de su inmediato conocimiento de la esencia del mundo, sin que
la razón tome parte en este conocimiento, y no puede ser una imitación
deliberada y consciente por medio de conceptos; de lo contrario, la música no
expresaría la esencia interior del mundo, o sea la voluntad, sino que imitaría deficientemente sus
fenómenos, como lo hace toda la música propiamente descriptiva, por ejemplo:
Las estaciones, de Haydn, y también su Creación, en muchos pasajes donde se
imitan fenómenos del mundo sensible, así como también en los cuadros de
batalla, los cuales son de rechazar en absoluto.
Lo inefablemente íntimo de toda la música,
en cuya virtud nos hace entrever un paraíso tan familiar como lejano de
nosotros y lo que le comunica ese carácter tan comprensible y a la vez tan
inexplicable, consiste en que reproduce todas las agitaciones de nuestro ser
más íntimo, pero sin la realidad y lejos de sus tormentos. Del mismo modo
aquel, su inherente carácter de seriedad, que excluye lo cómico de su dominio
inmediato, se explica porque su objeto no es la representación, sólo respecto
de la cual es posible lo engañoso y visible, sino la voluntad, y esta es lo más
serio que existe porque todo depende de ella.
Para comprender cuán rico y expresivo es su
lenguaje, basta fijar la atención en los signos juntamente con el da capo, que
en las obras de lenguaje hablado serían intolerables y que en el lenguaje de la
música, por el contrario, son muy
propios y hacen muy buen efecto pues para comprenderla bien es necesario oírla
dos veces.
Al esforzarme yo en todo este estudio de la
música para hacer patente que lo que expresa es un alto grado de generalidad es
la esencia íntima, el “en sí” del mundo que pensamos como voluntad, por ser
ésta su manifestación más clara, y lo expresa por medios propios que son los
sonidos y con la mayor precisión y verdad; al decir yo, además, que la
filosofía no es otra cosa que una reproducción y expresión cierta y acabada de
la esencia del mundo en conceptos muy generales, porque sólo por medio de éstos
es posible un atisbo suficiente y utilizable de dicha esencia. No parecerá paradójico, al que me haya seguido con
atención y se haya penetrado de mi pensamiento, si digo que, en caso de ser
posible reducir a conceptos la esencia de la música, es decir, lo que esta
expresa, esto sería una suficiente explicación del mundo en conceptos o cosa
equivalente, es decir, una verdadera filosofía, y en su consecuencia podríamos
parodiar la sentencia de Leibniz, antes citada, la cual por su parte es
completamente exacta desde un punto de vista más inferior, en el sentido de
nuestra más elevada concepción de la música, diciendo: Musica est exercitium metaphysicae occultum
nescientis se philosophare animi. Pues scire, saber, quiere decir trasladar en
conceptos. Y como en virtud de la sentencia, por doquiera confirmada, de
leibniz, la música, prescindiendo de su significación estética e interior, y
considerada de un modo puramente empírico y exterior, no es otra cosa que el
medio de concebir inmediata y concretamente grandes números y complicadas relaciones numéricas, que por
lo demás nosotros sólo podríamos conocer mediatamente por medio de conceptos,
sintetizando ahora estas dos concepciones tan profundamente distintas y, sin
embargo, tan ciertas ambas de la música, podríamos formarnos de una filosofía
de los números semejente a la de
Pitágoras y aún a la de los chinos en el Y-King. Y por último, si relacionamos
esta consideraciones con nuestra interpretación anterior de la armonía y la melodía,
encontraremos cierta semejanza entre aquella filosofía moral, sin explicación
de la naturaleza tal como Sócrates la soñaba, y unba melodía sin armonía, como
quería Rousseau, y al contrario, una mera física y metafísica sin ética
correspondería a una mera armonía sin melodía.
Séame permitido aún agregar a estas
consideraciones provisionales ciertas observaciones sobre la analogía de la
música con el mundo fenomenal.
Ya vimos en el libro anterior que el más
alto grado de objetivización de la voluntad, el hombre, no aparece en al
naturaleza solo y aislado, sino que supone y va acompañado de los grados
inmediatamente inferiores a él y éstos a su vez de los más bajos: igualmente la
música, que, como el mundo, objetiva inmediatamente la voluntad; sólo se
muestra de un modo acabado en la armonía. La voz cantante que lleva la melodía necesita, para hacer completa
impresión del acompañamiento, de las demás voces, hasta el más profundo bajo,
que se puede considerar como el origen de todas. La melodía tiene sus raíces en
la armonía que es parte integrante de aquella, como aquella de ésta. Y así como
la música sólo expresa lo que se propone expresar, merced a este consorcio, la
voluntad una y extra-temporal sólo nos muestra su perfecta objetivación en la
perfecta unión de todos sus grados, que revelan su esencia con claridad cada
vez creciente. Muy interesante es la siguiente analogía. Ya hemos visto en el
libro anterior que a pesar de toda la armonía que pueda reinar entre los
diferentes fenómenos considerados desde el punto de vista ideológico, subsiste
siempre una lucha inevitable entre los dichos fenómenos considerados como
individuos, visibles en todos los grados de su manifestación, que hace del
mundo un campo de batalla en todas aquellas manifestaciones de una y misma
voluntad, y que pone de relieve la interior
contradicción que en si misma contiene ésta. También en la música
encontramos esta íntima contradicción. En efecto, un sistema armónico perfectamente
puro es, no solo física sino también aritméticamente imposible. Los mismos
números por los cuales se expresan los sonidos, presentan incesantes
irracionalismos: no encontramos ninguna escala dentro de la cual la quinta se conduzca con la tónica como 2 a
3, ni cada tercera mayor como 4 a 5, ni cada tercera menor como 5 a 6, etc. Si
los sonidos guardan escueta relación con la tónica, no la guardan entre sí, en
cuanto, por ejemplo, la quinta debería ser la tercera menor de la tercera, etc.
Pues las notas de la escala pueden ser comparadas a los cómicos, que tan pronto
tienen que desempeñar un papel como otro. De aquí que sea imposible imaginar
una música perfectamente exacta, y que por lo mismo ningún genero de música
llega a su perfecta pureza; lo único que logra hacer es disimular las disonancias s ella inherentes distribuyéndolas entonos
los tonos, es decir, ocultándolas por la medida.
Aún podría añadir aquí muchas cosas sobre
la forma en que percibimos la música, a saber, única y exclusivamente en el
tiempo y por el tiempo, con absoluta exclusión del espacio y sin el influjo del
conocimiento de la causalidad, es decir del entendimiento; pues los sonidos
producen ya su efecto, como impresión estética, sin que pongamos atención en
sus causas, como sucede con la intuición. Pero no quiero alargar más estas
consideraciones, pues quizás en este tercer libro he sido demasiado prolijo,
abandonándome con exceso a los detalles. Sin embargo, mi objetivo lo hacía
necesario y se me perdonará tanto mejor, en gracia a que así se comprenderá la importancia
y el alto valor de la música, tan rara vez reconocidos. Al mismo tiempo se
convendrá en que si, conforme con mi opinión, el mundo visible todo entero no
es más que la objetivación, el espejo de la voluntad, y que acompaña a ésta
para conducirla al reconocimiento de sí misma, y lo que es más aún, a su
posible salvación, como se verá en el libro siguiente; que si, por otra parte,
el mundo como representación cuando se le contempla aislado emancipándose de la
voluntad para monopolizar nuestra conciencia
es el aspecto consolador de la vida y lo único puro que hay en ella. Tendremos
que considerar el arte como la realización acabada de cuanto existe, porque nos
proporciona en esencia lo mismo que el mundo visible, pero de un modo más
concentrado y perfecto, con reflexión y elección deliberada, de tal manera que
podemos llamarle la flor de la vida en la plena acepción de la palabra. Si el
mundo como representación en su conjunto no es más que la voluntad haciéndose
visible, el arte es esta misma visibilidad
más clara todavía. Es la cámara oscura que muestra los objetos con mayor pureza
y que nos permite abarcarlos de una ojeada; el teatro en el teatro, la escena
en la escena, como en Hamlet.
El placer de lo bello, el consuelo que
proporciona el arte, el entusiasmo del artista que le hace olvidar las penas de
la vida; ese privilegio del genio que le indemniza de los dolores crecientes
para él en proporción a la claridad de su conciencia; que le alienta en la
triste soledad a que se ve condenado en medio de una muchedumbre heterogénea,
depende de que, como ya demostraremos, la vida en sí, la voluntad y la
existencia misma son un dolor perpetuo, en parte despreciable, en parte
espantoso; pero esta misma vida considerada como mera representación o reproducida
por el arte se emancipa del dolor y constituye un espectáculo importante. Este
lado del mundo, que cae bajo el conocimiento puro, y su reproducción por el
arte, cualquiera que sea, es el elemento del artista. El espectáculo de la
objetivación de la voluntad le cautiva, ante él permanece atónito, sin cansarse
de admirarlo de reproducirlo y mientras esta contemplación dura, el mismo es el
que hace el gasto de la representación, es decir, es esa misma voluntad que se objetiva y permanece en constante sufrimiento.
Ese conocimiento puro, profundo y verdadero de la esencia del mundo se
convierte en fin del artista. Por eso no se convierte para él, como veremos en
el libro siguiente, en lo que sucede
para el santo que ha llegado a la resignación, en un aquietador de la voluntad;
no le emancipa para siempre de la vida, sino que le libera de ella por unos
instantes. No es más que un consuelo provisional de la existencia, hasta que,
habiendo desarrollado sus fuerzas en este ejercicio y cansado en por fin del juego,
vuelve a la seriedad. Como símbolo de esta conversación puede considerarse la
Santa Cecilia de Rafael.
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